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Nueva cubierta de Amanecer sin ti actualizada:

¡Hola, bipolares!

Ya está actualizada la nueva portada de “Amanecer sin ti”  y de nuevo a la venta en #KindleUnlimited

Rodrigo y Michelle no están pasando por un buen momento en la relación. Sin ser conscientes, el sueño que los unió es el mismo que los ha distanciado. Ambos saben que es hora de tomar una decisión, entre ellos se ha perdido algo fundamental en una pareja y la pasión ya no es suficiente… Ella necesita huir justo de lo que él persigue para ser feliz. Y la cuenta atrás ha comenzado. Sus vidas han de tomar otro rumbo, pero ¿están preparados para afrontar uno que ya daban por terminado?

Un romántico relato que nos recuerda que a veces las promesas no están olvidadas, sino postergadas. Y que las segundas oportunidades no siempre son como imaginamos.

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Recordando Decicida:

—Déjame intentar algo, por favor, Ivonne… Confía en mí.

No tenía idea de lo que me estaba pidiendo, pero si algo tuve claro, era que debía confiar en él. Porque no había sido el único que había metido la pata hasta el fondo ahí. De hecho, la que empezó esa sucesión de secretos fui yo, por tanto, de mentiras al no confirmarle a Daniel lo que sentía por Aarón, ayudando con ello a que el primero se hubiera retirado.

Y no lo hice. Convirtiéndome en una cobarde.

—¿Ivonne? —me llamó de nuevo.

—De acuerdo…

Dejó sobre la mesilla su café, quitándome el mío de las manos para hacer justo lo mismo. Volvió y se sentó a mi izquierda, mirándome a los ojos, en los que por un momento, como otras tantas veces, me perdí sumergida en ellos y en el color que me volvía tan loca. Sus dedos viajaron hacia mi mejilla, acariciándome con su sensible tacto. Sentí que me estremecía.

Llamadme estúpida o todo lo contrario. Pero por un loco instante necesité que me besara, que lo hiciera con la ternura que él solía tener para mí. Cerró los ojos y poco a poco, se acercó. Mi pulso empezó a latir con mayor fuerza. Mi cuerpo se puso a tem-blar. Sobre todo cuando Dani posó la otra mano en mi muslo. Llevaba un vestido, por lo que no tendría ninguna dificultad si decidía ir más allá. Entonces me pregunté, ¿quería que lo hiciera?

De su boca escapó un doloroso lamento al rozarla con la mía. Y mi corazón se rompió, llorando de una vez por todas. Fui consciente de lo mal que lo había hecho, de mi sentir en ese instante. De que ahí no nos protegía esa burbuja en la que el mun- do dejaba de existir si estábamos solos, pese a estar dividida por otro entonces. Aun así, no lo retiré. Hice como él y cerré los ojos, apretando los párpados, imaginando lo que otras veces me había negado por no admitir cuán egoísta estaba siendo.

—Ivonne —gimió, Dani—. Bésame.

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Recordando Dividida:

—¿Por qué no ha vuelto a pasar, Aarón? —balbuceé, lanzándome.
Su tormentoso suspiro se coló en mi alma.

—Sabía que algún día llegaría este momento —susurró y yo me atreví a acercarme más—. Ivonne… no quiero estropear nuestra amistad y por cometer otra locura, podríamos perder lo que tenemos y no puedo permitirlo.

—¿Lo llamas locura? Fue increíble. —No me respondió y añadí—: ¿Y si saliera bien? ¿Y si ahora me arrancaras la ropa? —Ivonne, se acabó.
Intentó levantarse. Yo volví a tirar de él para que ocupara el mismo lugar. Cerca, muy cerca de mí.

—Te juro que me dejaría —musité coqueta—. Podrías hacerme lo que quisieras.

Nerviosa eché el cuerpo un poco hacia adelante. Su boca y la mía se rozaron y fue la sensación más placentera que un ser humano podía imaginar, experimentar. Anhelaba ese sabor que un día navegó en mi boca para dejarme con ganas de más.

—Ivonne —me advirtió, tenso.

—Qué…

Cerré los dedos en torno a su camisa, por la zona de la cintura arrancándole un quejido.

—Basta —imploró.

—No sé hacerlo —confesé sin voz.

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Amanecer sin ti:

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Se puso de pie, se enjuagó frente a mi sorprendida mirada, esquivándome de nuevo. Eso sí, sus facciones expresaban algo diferente, algo que se me escapaba de las manos. Y diría que parecía muy afectado. Demasiado para «no suceder nada».

 
—Rodri, por favor, odio estar así. ¿Qué te pasa?
 
—Nada, ya te lo he dicho otras veces. —Le di el albornoz para que se secara, que aceptó con una expresión irreconocible. Entre la pena y la rabia. ¿Por qué?—. Cuidado.
 
—Sabes que te amo, ¿verdad? —Me coloqué delante y hundí los dedos en su húmedo cabello. Evitó mirarme. Aunque gruñó—. Dime que tú también, por favor.
 
—¿Se pregunta? Ahí tienes la respuesta. —Señaló sus ojos—. Nunca lo dudes —y añadió montándome sobre su cintura—: nunca, pase lo que pase, ¿me oyes?
 
—¿Por qué estás tan extraño? —jadeé frente a su rudeza—. Mímame. Y prométeme que lo arreglaremos, que es solo un bache. Que lo superaremos. Hazlo, Rodrigo.
 
No habló, continuó pensativo. Fuera de sí al estrecharme contra su ardiente piel. Me llevó hacia nuestra habitación, me depositó sobre la cama y me cubrió con su cuerpo, reclamando un apasionado y desesperado beso, con el que acalló mis súplicas, pero sin obtener la respuesta que necesitaba.
 
¿Qué sucedía?
 
Lo amaba tanto que me daba miedo reconocer que el posible final estuviera cerca.

 

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